Diógenes, la luz y Toirac/Marín.

Por José Ramón Alonso Lorea.

Diógenes y la luz,
José Toirac y Octavio Marín.
Factoría Habana, Calle O’Reilly 308 e/ Habana y Aguiar.
27 de enero / 30 de abril de 2017.

El pasado 27 de febrero, la galería de arte Factoría Habana, en La Habana Vieja, inauguró una extensa y muy intelectual exposición: Diógenes y la luz. Una muestra compleja en ideas y con instalaciones y artefactos artísticos muy elaborados. La exposición es bipersonal, entre Octavio Marín y José Toirac, y si bien sus recursos conceptuales y soluciones plásticas y museográficas pesan a favor de la trayectoria imparable de Toirac, también sabemos que mucho le debe a la experiencia del escultor Marín y sus historias, que han sido la base documental de toda la exposición.

¿Qué nos proponen Toirac/Marín?... ¿La búsqueda de la honestidad?... Difícil hallar materia tan escasa en la conducta humana. ¿Y cómo lo hacen?... Recurren a la parábola de la linterna del filósofo griego Diógenes de Sinope, quien hacía práctica radical de los fundamentos de la escuela cínica, que actuaba con desvergüenza y provocación, que entendía que las instituciones limitaban al hombre, que abogaba por la libertad de palabra, que criticaba duramente los vicios y corrupción de las costumbres, y despreciaba las convenciones de la vida social, oponiéndolas a la vida natural y austera. De modo que ya esto de ser cínico, sobre todo si comporta el deseo de cambio social, incivismo o anarquía, es peligroso e indeseado, o al menos sospechoso e irreverente, en Cuba y fuera de ella. Pero entremos en las salas, que se organizan en las tres plantas del edificio, y entendamos de qué va la historia.

Estando en la planta baja, la primera obra que nos recibe es literalmente una lámpara que pende de un cable eléctrico (Cristian, instalación), pero es una lámpara miserable fabricada con zapatillas deportivas viejas y usadas. Recuperadas por los artistas, estas zapatillas son las que, me asegura Toirac, “los niños y jóvenes cuelgan de los tendidos eléctricos para marcar sus territorios de juego”. De hecho, la lámpara ilumina “una pelota híbrida (mitad pelota de futbol mitad pelota de béisbol) que descansa sobre un pedestal coronado con un trozo de asfalto” y que es una “metáfora del proceso sustitutivo en las preferencias de la juventud cubana actual: la sustitución del béisbol por el fútbol”. Artistas conceptuales de principio a fin, todo lo que Toirac/Marín involucran en la obra tiene un significado. Esos niños que juegan en la calle, con una pelota de aspecto manufacturado, también recuerda a ese otro niño de la calle que, a la vista de Diógenes, comía lentejas con un trozo de pan y bebía el agua que recogía con sus manos, haciendo que el filósofo se desprendiera de su cuenco y escudilla que, luego de la lección de austeridad que le ofrecía el niño, consideraba innecesarios.

Pero con la lámpara miserable volvemos a ese Diógenes vagabundo y sabio que vestía pobremente y con lo mínimo indispensable, y que de día deambulaba por las calles de Atenas con una linterna encendida, buscando, decía, “hombres honestos” que no hallaba. Este es el pie de entrada a la muestra, un juego artístico que nos impone emular al filósofo que andaba descalzo, vestirnos con el atuendo de la pobreza, reducir al mínimo nuestras necesidades, y despreciar honores, bienes y riquezas… vamos, ser un cínico en el sentido ortodoxo de la escuela filosófica. Pareciera como si los artistas nos propusieran caminar por la muestra, con esa lámpara en la mano.

Frente a nosotros, y con aires de encanto aristocrático, se organiza esta primera sala. Al centro, una larga “alfombra” roja que, a modo de sendero, como esos que marcan la ruta a jefes de estado y de religión, o a famosos de eventos de todo tipo, nos conduce a un sofá que recuerda esos asientos para personas de alta dignidad o fama que, sentados en el mismo, reciben el culto más solemne. Detrás del sofá, una pared del mismo rojo resalta el glamur y unidad del espacio. A ambos lados de esta ruta que pudiera fascinar a todos, se organiza en rigurosa decoración simétrica el arte sobre las paredes. Pero nuestra lámpara miserable, extensión metafórica de una herramienta para criticar sin piedad el lujo y la ostentación, nos permite observar, es decir, reparar, que esto es un espejismo de la vanidad y arrogancia humanas. Imposible caminar sobre esa “alfombra” (Red Capet) construida con 80 kg de latas rojas, vacía y aplastadas, que ni viene ni conduce a parte alguna, y que es solo un conjunto de desechos que vamos dejando a lo largo de nuestras vidas. Son objetos “muertos”, como lo definiría la arqueología, que hacen la metáfora del bodegón artístico, de ese vanitas que hace referencia a lo inútil de los placeres y frivolidades frente al conocimiento seguro de la muerte. Extensión de lo anterior, el sofá no es más que un contenedor de basura, viejo, oxidado y con ruedas incluidas, refuncionalizado como asiento con respaldo, y los almohadones son bolsas plásticas de basura rellenas con espuma de goma picada. Es el trono devenido basurero.

El arte sobre las paredes laterales resulta ser retratos de personajes reales que nada tienen que ver con ese glamur de los poderes. Hay gente común, esos irrepresentados sin historia oficial, generalmente sin formación profesional y con los que “uno se puede tropezar en el diario bregar por las calles de La Habana”, esas nombradas gentes de a pie, que viven una vida cotidiana generalmente jalonada por los bajos recursos económicos. Personas en cierto sentido miserables como Diógenes, pero sin la sabiduría de éste y con deseos de adquirir, por la vía que sea, ese bienestar material que aborrecía el filósofo.

Allí está Ricardo carretillero (una carretilla, duchas re-funcionalizadas como lámparas y dibujo en carboncillo sobre cartón), que “prefirió venderle a los artistas su herramienta de trabajo”, la carretilla, para solucionar una situación económica inminente. O Tomas recolector de materia prima (dibujo en carboncillo sobre cartones reciclados), un reciclador de cartones que, en apariencia, “expresa una preocupación social diferente (la necesidad de reciclar)”, pero su interés se centra en la búsqueda del necesario ingreso económico que le permita “sobrevivir sin robar o engañar a otros”. O Ángel comprador-vendedor de discos (impresión digital sobre papel, bastidor de madera y discos), quien, “compulsado por la necesidad, convierte en habitual y hasta legal”, por su naturaleza de actividad pública, “la reproducción con fines comerciales de la propiedad intelectual de otros”. O el caso de Mercedes jubilada-florera (pan de plata y acrílico sobre madera, carrito de supermercado, recipientes reciclados como floreros y flores naturales), que “complementa los ingresos de su jubilación con los de una actividad tradicional”, pero por la que no paga impuestos, convirtiendo su “medio de vida en un modo y una actitud ante la vida”: engañar al sistema tributario de un gobierno que no le garantiza el bienestar que ella desea. En fin, estos casos, como los siguientes, recuerdan la máxima de Diógenes: la necesidad y la costumbre se convierten en la falsa moneda de la moralidad.

También se retratan a profesionales y personas exitosas de la más variada procedencia. Allí está el dueño del paladar-restaurante San Cristóbal, Carlos chef (óleo sobre tela realizado por el pintor autodidacta Osay Chala -quien pinta por encargo-, fotografías y objetos adquiridos en casas de antigüedades, impresión sobre losa, reimpresiones de las fotos de Carlos con varias personalidades como Barack y Michelle Obama, Beyonce, Robert Plant, Mick Jagger, Chucho Valdés, Naomi Campbell, Jaime Ortega, etc.). Esta obra, asegura Toirac, es un “guiño al Kitsch, al uso mercantil de los estereotipos de la identidad cubana y su interacción con lo foráneo”. Las fotos de estas personalidades posando junto a Carlos, han pasado a ser parte de la decoración ecléctica y del atractivo del lugar. Alrededor de la pintura, una serie de objetos decorativos recuerdan la atmósfera de horror al vacío que reina en el restaurante. La obra deviene en una representación simbólica de aquellos “cuentapropistas” que han logrado el éxito en su labor comercial, si bien con las siempre pocas garantías legales que ofrece el estado cubano para aquellos emprendimientos privados. Negocios que deben ajustarse al frágil equilibrio que le ofrecen los altos impuestos, la escasez de provisiones, y los márgenes permisivos de la ilegalidad.

Otros profesionales aparecen retratados al fondo de la sala (Renacimiento, en colaboración con la fotógrafa Anielka Karmona). Es una instalación que integra 30 fotografías enmarcadas en metal, el antes mencionado contenedor de basura refuncionalizado como sofá, y la alfombra construida con latas de bebidas vacías y aplastadas. A ambos lados del sofá-basurero se organizan estos retratos de destacados profesionales cubanos: la anticuaria, el arquitecto, los artistas, el astronauta, el ballet, los críticos de arte, los del cine, el deporte, la escritura, el funcionario cultural, el médico, el periodista, los profesores, etc. Se retratan sentados en el improvisado sofá, a veces con poses, ropas u objetos que dan pistas sobre su profesión. El contenedor de basura, ahora devenido en asiento solemne, es depositario, no de residuos y desperdicios, sino de una bien cualificada parte de la sociedad. Según me comenta Toirac, Renacimiento ilustra una paradoja: la de un “país con tantas dificultades” y del cual emergen, sin embargo, “tantas figuras destacadas”.  Personas que “tuvieron que superar pruebas difíciles, sobreponerse a las adversidades”, para llegar a ser lo que son.

Sin embargo, ¿cuántas otras interpretaciones no son susceptibles de encontrarse? Ya decía Diógenes que los dioses nos habían ofrecido una vida fácil, pero los hombres nos encargamos de complicarla. A la luz de la lámpara miserable podemos hallar analogías entre el sofá-contenedor y la tinaja que servía de vivienda al filósofo, y entre el saber profesional de los retratados y el del sabio. No tenemos la certeza de cuales profesionales se sienten cómodos en el asiento miserable que a su vez parece representar la nación cubana, y cuales desean renacer como el Ave Fénix y alzar el vuelo, huyendo de él. Aunque no instalados en la cúpula del poder político-militar, muchos profesionales tienen un estatus respetable por el que reciben determinados honores y privilegios. Con su delirante extremismo, Diógenes -convencido de que no es consustancial a la condición humana la honestidad, sino solo la tendencia a ella- les increparía su artificiosa conducta humana al desear esos ascensos sociales y no ver la virtud en la extrema pobreza que se aleja de los placeres.

Subimos a la primera planta. A un lado de la sala, la primera obra, Relicarios, consta de veinte pedestales de madera con vitrinas de plástico que muestran objetos y documentos adquiridos en tiendas de antigüedades. Son 20 personajes diversos, 20 historias diferentes que se complementan unas con otras. La distribución y conjunto de los pedestales blancos recuerda un cementerio. Los objetos que están en la vitrina tienen una relación directa con cada personaje, ya sea porque pertenecieron a este (poetiza Dulce María Loynaz) o porque el objeto lo representa (empresario Facundo Bacardí). En algunas piezas, los objetos tienen esa doble función, es el caso de José Martí (una carta suya, una botella de Coca Mariani y una copa del siglo XIX), para hacer referencia a un suceso concreto de su vida (el envenenamiento que sufrió en Tampa). En otros relicarios, los objetos son irónicos, para desvelar una historia oculta, como es el caso del famoso libro de recetas de cocina de Nitza Villapol para caracterizar a la ayudante negra Margot Bacallao, quien fuera “el cerebro, la productora y real cocinera del programa televisivo Cocina al minuto (Nitza, la señora blanca, no sabía cocinar). Pero nunca se reconoció el verdadero rol de Margot por los prejuicios racistas en los medios de comunicación”.

Al otro lado de la sala, las próximas cinco obras hacen referencia directa a cinco conocidos protagonistas de la historia cubana. Cinco historias caracterizadas por la violencia y la muerte. De los pies a la cabeza es una instalación que consta de un palé de madera sobre el cual aparecen los restos en yeso (positivo y molde) de lo que queda del monumento al primer presidente de la República Tomás Estrada Palma, antes Presidente del Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí; también un pedestal de madera con vitrina muestra su mascarilla mortuoria y una foto autografiada por él. La estatua de Estrada Palma en 1961 fue victimizada por una turba fanatizada y violenta que -instigada por los nuevos líderes revolucionarios- destruyó monumentos y vidas. Si se puede morir dos veces, este es el caso.

Estas obras artísticas parecen recurrir a los procedimientos arqueológicos, una metodología de trabajo que, en el contexto del arte conceptual cubano, busca en el pasado más o menos reciente. La siguiente obra, Jesús de Infanta, es una recuperación arqueológica de las diversas funciones por las que puede atravesar un cartel político. Consiste en el levantamiento arqueológico de la vidriera de una antigua joyería refuncionalizada como local de la Central de Trabajadores. El cristal de la vidriera en algún momento se rompió, y para impedir el acceso de personas no autorizadas, el orificio se cubrió con un cartel de Jesús Menéndez, el líder azucarero asesinado en los años 30. El cartel originalmente se utilizaba en los desfiles del 1ro de mayo. Según Toirac, “esta obra documenta el tránsito de la Revolución de un periodo altruista, donde los mártires era asumidos como santos, hacia un periodo más pragmático en el que el valor actual de un cartel antes usado como propaganda política, es ahora su tamaño indicado para tapar el agujero de una vitrina”. Para que no quede dudas, la instalación se hace acompañar de la documentación fotográfica de todo el proceso de extracción del cartel.

Tony, es un retrato del líder político Antonio Guiteras Holmes de los años 50, basado en la foto de carnet de la organización política “La Joven Cuba” fundada por él. El retrato está perforado a la altura del corazón, justo donde recibió el impacto de bala que acabó con su vida en 1935. De ese agujero perforado en el lienzo, chorrea por la pared un hilito de vino tinto, como alegoría del sacrificio por sus ideales. Sobre la plancha de acrílico transparente que cubre el retrato, aparece grabado en láser un texto de Torriente Brau caracterizando a Guiteras, describiendo a un “hombre honrado” pero “imperfecto”, atrapado en su “delirio de revolución”. Son las antípodas en las que se organizan la pasión y la razón. Pero los líderes y mesías unilateralmente insisten en esa toma de decisiones colectivas que ovacionan entusiastas seguidores, mientras que Diógenes insiste en reírse de esa extrema dependencia entre las personas. Los caudillos, incluso, llegan hasta encontrar, en los hechos y los personajes de la historia pasada, justifico y antecedentes para sus actos violentos. Es el ejemplo de Autor intelectual, donde un retrato de José Martí recrea el mismo retrato que aparece en la foto que le tomaron a Fidel Castro en 1953, cuando lo detuvieron luego de asaltar el cuartel militar “Moncada” en Santiago de Cuba. Entonces se defendía Fidel asegurando que Martí, muerto hacia casi 60 años, era el responsable intelectual de la sorpresiva acometida sobre ese enclave militar. Dicha foto de Fidel se inserta en la exposición como hoja de sala, a modo de material arqueológico y de referencia.

Con similar sintonía histórica y efectivos recursos arqueológicos está Aldabonazo, la interactiva instalación que cierra este apartado de violencia política. Montadas en planchas de acrílico sobre la pared, pueden verse varias hojas de la revista Bohemia (1951) dedicadas al dirigente político Eduardo Chibas y su apoteósico sepelio. Delante, una puerta antigua de madera que tiene atornillada una aldaba, y justo a su lado un postigo que tiene escrito la última alocución radial que el líder hiciera al pueblo de Cuba, justo antes de suicidarse en 1951 de un disparo de pistola: “¡Compañeros de la ortodoxia, adelante! ¡Por la independencia económica, libertad política y justicia social! ¡A barrer los ladrones del gobierno! ¡Pueblo de Cuba, levántate y anda! ¡Pueblo cubano despierta! ¡Este es el último aldabonazo!”. Usted puede leer el texto, abrir la puerta chica y ver a Chivas, posiblemente su último retrato en vida, y luego tocar la aldaba si es que cree en aquello de que así llama a la buena suerte para que se cumpla un deseo o pronóstico. Pero recuerde que la violencia lleva a la violencia. Diógenes llegó a la conclusión de que rechazar a la sociedad establecida no implicaba reformarla o cambiarla. Para hallar soluciones, era el individuo natural quien debería volcarse a la autonomía y a la austeridad.

Diógenes, quien negaba pedestales a los hombres y profesaba profundo desprecio por la humanidad, en todos hallaría la mancha de la deshonestidad.  Esta gente, diría el filósofo, no ejerció la libertad que ofrece el autocontrol, y no estuvieron interesados en cuestionar lo que naturalmente estaba mal, sino lo que convencionalmente estaba mal. En general les importó las circunstancias externas y el modo de cambiarlas violentamente a su favor o credo. O callarlas y asumirlas con esclava actitud.

Si en la planta baja los retratados eran personas contemporáneas vivas, en la primera planta se han retratado a los muertos más o menos dignificados por la historia, o al menos tenidos en cuenta para la redacción interesada de la misma, según el momento político. Son disímiles personajes que cubren un amplio espectro de las crónicas cubanas. Desde el esclavo africano y el inmigrante chino hasta el empresario millonario; desde los patriotas de la independencia hasta el defensor del estado colonial; desde el político suicida y el policía del presidente devenido dictador, hasta el líder obrero asesinado; desde el primer presidente de la Republica y el máximo líder de la Revolución, hasta el joven internacionalista que murió en Angola; desde el preso y el drogadicto hasta la poetisa y la cocinera.

Llegamos a la última planta y nos sorprende a primera vista un confuso e intrincado diálogo entre las dos instalaciones que culminan la exposición. De una parte, una muestra arqueológica y rota que nos retrotrae a edades paganas, del otro, una icónica última cena de tiempos cristianos. La luz de Diógenes, son los restos de una tinaja que se acompañan de un texto en la pared con la biografía del filósofo. Es alusión directa a la casa del cínico, pero está hecha añicos, como las viviendas de La Habana. Modelo, es una mesa con 24 jarritos de aluminio, alusión a la merienda escolar, llenos de hostias no consagradas y estampadas con la imagen del Ché Guevara. Dependiendo de su información, o filiación ideológica, usted puede hacer aquí diversas y divergentes lecturas. Los 24 jarritos parecen alegorizar la suma de la realidad (bíblica) y su reflejo (la historia local que cuenta la aventura de los doce guerrilleros sobrevivientes al inicio de la contienda). Modelo igualmente tiene un texto en la pared con palabras de Fidel sobre el Ché, caracterizándolo como “modelo de hombre sin una sola mancha”. No es complicado advertir, a la luz de la lámpara miserable, que el Ché no aplica en los códigos morales de Diógenes: la “efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar” -según el propio guerrillero se autodefine en su mensaje a la Tricontinental de abril de 1967- no entiende de honestidades, sino de fidelidades. Los propios escritos y discursos de Guevara quedan como testimonio.

Esta zona de la exposición hace evidente el intento por acercar los paradigmas del político y del filósofo: la construcción del hombre nuevo con la búsqueda del hombre honesto. El resultado parece agigantar el abismo que los separa. El rey Alejandro Magno, abrumado por la sagacidad de las respuestas del filósofo concluyó: “Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes”.

Miami, marzo de 2017. arriba

 

 
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© Marlene García 2003 para José Ramón Alonso