Producción cultural y finanzas: El auge económico de los últimos tiempos ha hecho del objeto artístico un divulgador privilegiado de inversiones.

Por Dennys Matos.

El inicio de lo que hoy se conoce como mercado de arte se ubica en Holanda y Alemania, pero sobre todo en Francia, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Los banqueros de París, aterrorizados por las turbulencias políticas -primero de la revolución (1789) y luego de la república- vieron cómo el dinero se despreciaba al mismo ritmo que los cuerpos guillotinados. Por eso decidieron invertir en valores artísticos que resistieran las contingencias políticas y la debilidad económica traducida en inflación.

A partir de esa fecha, los activos artísticos fueron considerados eficaz refugio contra la inestabilidad monetaria. Sin embargo, las complejas dimensiones que alcanza hoy el mercado de arte (con su engranaje de museos, bienales, ferias, galerías, marchantes, fundaciones, subastas, academias, etc.) es un fenómeno que se consolida, fundamentalmente, ya finalizada la II Guerra Mundial. Ello coincide con el desarrollo de la llamada era postindustrial, en que se producen cambios que transforman profundamente la estructura económica, social y cultural del mundo. Desde ese momento, no sólo ha aumentado el tiempo dedicado al disfrute del arte, sino también el número de espectadores y entes sociales que se convierten en potenciales compradores de obras. Por otro lado, el auge económico en tiempos de la aldea global posibilita que desde el punto de vista del mercado, el arte sea, además de excelente antídoto contra la inestabilidad monetaria, un divulgador privilegiado de inversiones y jugosas ganancias económicas.

El crecimiento del mercado de arte se inserta dentro de la fabulosa expansión que experimenta la economía de mercado actual. Por tanto, si bien es cierto que dada la compleja naturaleza del producto artístico éste no responde a las normas comunes del mercado, no menos verídico es que en la actualidad el mercado de arte se ha permeado de mecanismos y funciones asociadas al resto del mercado.

En este sentido, la producción, circulación y consumo de una obra, proceso que describe la actividad del producto artístico, puede abordarse desde una perspectiva económica. Algo que se evidencia en el hecho de que ahora relacionemos nuestra escala de valores -que contempla categorías subjetivas como el gusto estético- referidos a las obras, con el valor expresado en dinero que éstas adquieren en el mercado.

De este modo queda abierto el camino para que los usos del mercado tradicional se practiquen a gran escala en el terreno del mercado artístico. Prácticas estas que habían comenzado a mediados de los años setenta, pero que se generalizaron de manera espectacular en los ochenta, con el intento del mercado de arte europeo de crear una bolsa con su respectivo índice artístico, al estilo del Dow Jones o el Nasdaq, en Wall Street.

Aunque este proyecto fracasó, las dos grandes casas subastadoras, Sotheby's y Christie's, pilares del mercado artístico, abrieron departamentos de marketing y desplegaron una estrategia de compraventa aplicada al mercado de arte. Se trata de un contexto de mercado en el cual la publicación y difusión sobre el valor de los activos, modelos de financiación o técnicas de intermediación en la adquisición de las obras -anteriormente tenidos como manifestación oscura y abyecta del mercado en el templo del arte- son ahora de uso común y normalmente aceptados en los circuitos de producción, circulación y consumo de la producción artística.

Del mismo modo que conceptos como cotización, riesgo y rentabilidad, aplicados a uno o varios artistas, son ya herramientas necesarias y muy útiles en el mercado artístico.

Esta evolución en la esfera del arte hace cada vez más amplia la superficie de contacto con el mundo de los negocios. Dicho aspecto se ve favorecido por la ampliación del concepto de arte, sobre todo a partir del pop art, el arte conceptual, el arte digital y la fotografía, lo cual provoca una aplicación, nunca antes conocida, del saber y los oficios artísticos a la praxis cultural en casi todos los segmentos de la sociedad.

De ahí que, tanto particulares como empresas e instituciones, tomando en cuenta que el arte no sólo es un valor poco fluctuante sino que se revaloriza por día, invierten atraídos por los incentivos fiscales, pero también por el depósito de valor (estético) creciente en que se han convertido las obras de arte.

La consideración, por parte de los estados y gobiernos, de prerrogativas fiscales identificadas con las inversiones de arte, significa la legitimación institucional de un mercado que en estos momentos alcanza y reserva potencialidades de seguridad, rentabilidad y liquidez, difícilmente equiparables con otro sector de inversiones. arriba

 

 
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© Marlene García 2003 para José Ramón Alonso