Pre-historia del Arte Cubano. El inconsciente y la espiritualidad inducida.

Por José Ramón Alonso Lorea.

Hablar o escribir sobre arte cubano de la pre-historia, desde los espacios del arte (eventos, publicaciones, galerías, etc.), parece una rareza, una excentricidad o, cuanto menos, polemizar sobre algo que no interesa. Tiene más swing la escurridiza y muy usada post-historia.

Sin embargo, hace más de setenta años, con nítida visión de historiadora del arte, Anita Arroyo anotó sobre las artes aborígenes de Cuba: “Estas llenarían de asombro al profano que jamás se haya ocupado de estas cosas, haciendo rectificar a no pocos el enorme error del atrasado grado de cultura que, sin fundamento alguno y sí con un total desconocimiento de nuestras civilizaciones primitivas, se les atribuye equivocadamente (...) Lo encontrado hasta el presente, que ya es muchísimo (...) bastaría para colmar varias salas (...) de un Gran Museo Nacional” (1943).

Todavía hoy, sin embargo, no existe ese espacio Nacional. Más de 200 museos provinciales y municipales, que coexisten en toda la nación cubana, a veces con criterios museográficos poco idóneos, les dedican espacio a las artes aborígenes, haciendo que esas obras continúen diseminadas por todo el país. El magno proyecto cultural de clasificar y seleccionar las piezas representativas de todas esas colecciones, para conformar, dentro de una sola muestra nacional, toda la diversidad de temas y estilos que ha legado ese pasado indígena al patrimonio cultural insular, continúa inconcluso. Es una propuesta, desde el campo de la Historia del Arte, que no parece encontrar comprensión ni apoyo en los profesionales y las instituciones científicas (antropológicas y arqueológicas) que históricamente han custodiado estos patrimonios.

A pesar de que artistas cubanos -modernos y contemporáneos, figurativos o abstractos, en series u obras aisladas, desde la cita, la apropiación recreada, o el criterio antropológico- se han interesado por ciertos aspectos de esta estética indígena del pasado, muy poco de esto se ha reflejado en las investigaciones del arte cubano. No se conocen propuestas curatoriales de galerías de arte interesadas en exhibir muestras arqueológicas cubanas. Ni estudios sistemáticos que aborden la problemática simbólica o la elaboración de ideas estéticas en torno a estas producciones indígenas desde la perspectiva de la Historia del Arte. Y los eventos y simposios sobre estudios del arte cubano, no suelen incluir el tema de las artes aborígenes, ni muestran interés por motivar la inclusión del mismo, a pesar de la “pervivencia de una memoria, si bien algo diluida, pero memoria al fin”, vigente aún en ciertas zonas de esa geografía cultural. En general, estos estudios todavía no logran superar los tradicionales marcos de los eventos arqueológicos.

Todo lo contrario, los investigadores cubanos del campo de la arqueología -no teniendo Cuba, curiosamente, una Escuela de Arqueología- sí han continuado desarrollando intensamente su actividad, organizando eventos y elaborando estudios de calados conceptuales profundos, que trascienden la mera descripción de la pieza arqueológica y su entorno. Estudios interdisciplinarios que, incluso, suelen abarcar territorios habituales del historiador del arte y del esteta. Estos últimos, como no suelen participar en dichos eventos arqueológicos, ni se enteran ni se actualizan.

En el último evento realizado en La Habana (XIII Conferencia Internacional ANTROPOLOGIA 2016) se presentó un libro que anuncia este avance desde una particular rama del campo arqueológico (Arte Rupestre de Cuba: Desafíos Conceptuales) por autores que no proceden del campo profesional de la Historia del Arte. En palabras del presentador del Instituto Cubano de Antropología, se confirma lo antes dicho: el libro constituye una propuesta de “evaluación crítica del conocimiento acumulado” en los estudios cubanos sobre “los orígenes del arte en la historia”. Pero los historiadores, críticos o estetas del arte cubano parece que no tienen nada que decir al respecto.

Extendiéndose en su valoración sobre los aportes de dicho libro, el presentador destaca cómo los autores cuestionan el chamanismo -y su relación con los estados alterados de conciencia- como una “regularidad universal”, generando dudas sobre aquellos pocos estudios cubanos que han encontrado “similitudes entre los diseños de fosfenos de otros pueblos indígenas y los de nuestro arte rupestre”. Y concluye: “Justificar la religiosidad y el arte a causa de las drogas y el trance, de un efecto psicológico, minimiza la facultad intelectual del hombre como generador de la cultura en la etapa histórica denominada comunidad primitiva.”

Si bien la crítica parece tener un componente ético, sin embargo, como historiador del arte, formado en el estudio gradual y sistémico del arte y de la cultura, me obligo a discrepar de este planteamiento de nuestro amigo y colega. La droga y el trance sí han sido un par catalizador.

Para pintar, danzar, declamar, hacer música o escribir, e incluso para adentrarse en los “misterios” de otras ciencias, la historia de la humanidad nos muestra cómo -desde fechas tempranas, hasta los tiempos modernos y contemporáneos, incluyendo sociedades tradicionales, etapas clásica, y olas contraculturales juveniles que cíclicamente irrumpen en el medio cultural conservador de cualquier territorio- destacados generadores de cultura han hecho sus creaciones justo en esos momentos de máxima excitación inducida, o bajo estados de trance previo consumo de sustancias de muy variada naturaleza (enteógenos o psicoactivos), para no mencionar los más asequibles alcoholes. Son igualmente formas o vías para el trance: el ascetismo, la abstinencia y las pasiones excesivas de las pequeñas y grandes religiones que generan, transforman y convierten en un latido perpetuo a ciertas drogas endógenas, es decir, producidas por el cuerpo humano, y que pueden crear los mismos estados de conciencia alterada que producen las drogas exógenas. Es la única forma de comunicarse con “los dioses”, es decir, con aquellos saberes y sucesos que escapan a nuestra comprensión. La droga y el trance han sido una constante en el alma del hacedor, en su intento por trascender los límites.

De modo que no es descabellado suponer tal hipótesis para el contexto cultural de la pre-historia cubana, en tanto ser estos aborígenes, huelga la evidencia, tan humanos como los otros.

Quizás, bajo estos estados alterados, los historiadores del arte cubano, espiritualmente inducidos, vuelvan su interés hacia la próxima XIV Conferencia Internacional ANTROPOLOGÍA 2018, que se desarrollará en La Habana, Cuba, del 20 al 23 de noviembre del 2018, y tengan cosas nuevas que decir, exigir o corregir. Todavía hay tiempo. arriba

 

 
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© Marlene García 2003 para José Ramón Alonso